Desconocidos

Ella siempre ponía en papel las historias que se inventaba en la cabeza, historias de terror, de amor, de suspenso y de todos los géneros que puedas imaginar. Las guardaba en una carpetica y siempre que viajaba a Londres – que era mucho, siempre amó la ciudad pero nunca se planteó vivir allí – los dejaba en su café favorito, en la misma mesa, en una esquina al final del café.

Él todos los días pasaba por el café, compraba un frappe latte con oreo y chequeaba la mesa a ver si encontraba alguna historia nueva.

Él nunca supo quién era la autora de esas maravillosas historias, y ella nunca supo que sus historias las recogía y leía siempre la misma persona, su fan número uno, su único fan.