Desconocidos

Ella siempre ponía en papel las historias que se inventaba en la cabeza, historias de terror, de amor, de suspenso y de todos los géneros que puedas imaginar. Las guardaba en una carpetica y siempre que viajaba a Londres – que era mucho, siempre amó la ciudad pero nunca se planteó vivir allí – los dejaba en su café favorito, en la misma mesa, en una esquina al final del café.

Él todos los días pasaba por el café, compraba un frappe latte con oreo y chequeaba la mesa a ver si encontraba alguna historia nueva.

Él nunca supo quién era la autora de esas maravillosas historias, y ella nunca supo que sus historias las recogía y leía siempre la misma persona, su fan número uno, su único fan.

Un placer

No pude despegar mi atención de él desde que lo vi. Así no lo mirará directamente, estuve todo el viaje volteando hacia donde él estaba parado y cada vez que volteaba notaba que él no apartaba sus ojos de mi. Yo estaba intentando ser discreta, él había mandado la discreción a la mierda, y obviamente notó que cada vez que volteaba era por él. Poco a poco se fue formando una media sonrisa un poco arrogante en su rostro, y ya mi discreción era inexistente, no podía aguantar sonreír y sonrojarme. Por alguna razón encontraba esa media sonrisa arrogante extremadamente sexy.

Ya hubo un momento en el que simplemente reí y le pregunté:

– ¿Te vas a quedar ahí viéndome con esa sonrisa arrogante o vas a decir algo?

Él respondió mostrando sus dientes en una sonrisa completa y me dijo.

– ¿Estas apurada? ¿O hay alguien esperándote?

– Debería estar apurada, pero supongo que un café o un helado no me caerían mal.- Respondí, encogiendome de hombros.

Él se rió ante mi sugerencia.

– Por aquí hay una heladería con unas malteadas brutales. En la parada que viene nos bajamos.

– ¿Eso es una invitación o una orden?

– Creo que sea cual sea igual te bajarás conmigo, ¿me equivoco?

– Que modesto – Le dije, alzando una ceja. Al mismo tiempo el bus frenaba frente a la parada.

Nos bajamos y caminamos hacia la heladería, estaba a una cuadra de la parada. Los dos sonreíamos abiertamente.

– No puedo creer que estoy apunto de tomarme una malteada con un extraño, ni siquiera se tu nombre. No eres un asesino en serie ni nada por el estilo no?

– Jaja no. Tampoco te pedí que me acompañaras a mi casa pues, sólo es una malteada.

– Buen punto.

Caminamos un rato más en silencio, cuando llegamos a la heladería abrió la puerta para que pasara yo primero y, entrando detrás de mí, dijo:

– Andrés.

– Luna – le respondí, alzandole la mano protocolarmente. Él me dio la mano y me besó en la mejilla.

– Creo que está es la primera vez que digo esto con completa honestidad; es un completo placer para mí conocerte Luna.

Silueta

Cada noche me sentaba junto a mi ventana, esperando que ella se asomara en la suya a fumar su cigarrillo nocturno cotidiano. Por la posición de nuestras ventanas nunca pude detallar su rostro, siempre veía solamente su silueta; la silueta mas hermosa que había visto en toda mi vida, con el cabello suelto, sus largos, suaves rulos moviendose contra el viento.

Cada noche esperaba con ansias ese cigarrillo nocturno, y cuando no se asomaba me rompía el corazon, me preguntaba qué estaría haciendo que no tenía tiempo ni para asomarse a fumar.

Por meses contemplé esa silueta, y me enamoré de ella, de aquella mujer perfecta a la que nunca conocí, cuyo rostro nunca ví, cuya oz nunca oí, solo una desconocida y perfecta silueta, perfecta para mí.